Cuando Orihuela tenía su Palace

 
La tarjeta amarillenta del Palace Hotel de Orihuela parece hablar desde otro tiempo. Sus bordes desgastados y la esquina rota son cicatrices de un pasado que aún respira entre las letras impresas. En el centro, la fotografía del edificio se alza como un recuerdo detenido, rodeado de ornamentos que intentan vestirlo de elegancia.

El texto promocional, con solemnidad casi poética, promete habitaciones con agua corriente, un lujo que entonces rozaba lo moderno; un café y restaurante donde viajeros podían detener el reloj del camino; y un coche dispuesto para todos los trenes, símbolo de conexión y movimiento. Todo ello envuelto en la promesa de gran confort, como si el hotel fuera un refugio de distinción en medio de la ciudad.
Más que un simple anuncio, esta pieza es un espejo de época: un Orihuela que se mostraba orgulloso de su centro urbano, ofreciendo a los visitantes un lugar “situado en lo más céntrico y bello de la población”. Hoy, la tarjeta se convierte en testimonio literario de un tiempo en que la publicidad era también relato, y el viaje, una experiencia cargada de elegancia y misterio.


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